Libros, libreros y librerías

Todos sabemos que el libro, tal como lo entendemos hoy, tiene sus días contados. No se trata ya de que la “galaxia Gutenberg” desaparezca, como señalaba McLuhan en los sesenta, sino que esa galaxia, más dispersa e inabarcable que nunca, empieza a tomar formas diferentes a las tradicionales, que poco a poco parecen abocadas a desaparecer.

Los medios hablan de que el regalo de estas navidades es el lector electrónico, el e-book, en englosajón, un gadget que se está vendiendo como rosquillas y que está a punto de revolucionar el mundo de la lectura y del lector. Un diminuto aparato, liviano, manejable, fácil de transportar y que funciona a base de lo que se ha dado en llamar e-ink o tinta electrónica, que evita los problemas de visión de cualquier pantalla.

La idea parece magnífica, especialmente cuando el lector se evita sostener esos volúmenes de muchas páginas (estoy pensando en las últimas obras de Muñoz Molina, de García Montero o en tantos otros libros muy voluminosos y de peso sustancial). También parece que ahorraremos en pasta de papel, lo que hará que se salven muchos árboles y se deje de contaminar acuíferos con la celulosa. Finalmente, el e-book promete una disponibilidad ilimitada en el futuro: cualquier título a tu alcance en unos segundos de descarga. Parece que el futuro resulta inobjetable, pero…

Pero falta un elemento emocional. El creyente va a su iglesia a orar porque siente allí un hálito especial, una sensación de proximidad a lo sacro, representado por los objetos sagrados y por el sacerdote o pastor, que ejercen en su espíritu su efecto totémico. De igual forma, el lector (me refiero al lector que cree en la lectura como en algo necesario y sagrado) necesita la librería y el librero, a ser posible su librería y su librero “habituales”, para hablar de libros, para sentir el libro, para comentar cómo funciona la venta de tal o cual libro, para que te asesore, para que te regale un ejemplar de El Mercurio o cualquier otra revista de crítica de libros, para sentir el libro como algo ritual, litúrgico y catártico, algo completamente distinto a cualquier otra mercadería. La librería se convierte así en una especie de capilla sagrada del espíritu y el librero en oficiante del misterio, un maravilloso misterio en el que el lector se siente cómplice, voluntariamente entregado a la liturgia de comprar ilusionado un libro para devorarlo.

Me temo que el libro electrónico va a resultar más frío, más distante y virtual, menos humano. Que la librería y el librero coexistirán con el libro en papel unos cuantos años más y después servirán contenidos virtuales para los diferentes lectores (aquí lectores se refiere al aparato) y que la variedad de editoriales y el surtido de ediciones irán desapareciendo paulatinamente, igual que las librerías. Y será triste, muy triste. Será una de esas gigantescas trampas de la tecnología, que ha terminado por deshumanizar tantas cosas.

Por eso es tan de agradecer que, en estas coordenadas, la librería Gala, ahora Nueva Gala, haga un esfuerzo contracorriente y, tras cambiar de ubicación (ha pasado de Constitución a Almona de San Juan de Dios) y estrenar blog, haya dejado una amplia parte del local como sala cultural, bastante confortable, equipada con megafonía, cañón y pantalla para proyecciones y con capacidad para unas ochenta personas. Y que dicha sala cultural, tras el arranque, esté llevando a cabo una campaña meteórica de presentaciones de libros a cargo de sus autores. Por cierto, las presentaciones acaban con copa de vino y actuación musical (podéis verlo en el blog), lo que hace la apuesta mucho más interesante.

La idea no es nueva y prestigiosas librerías madrileñas o barcelonesas llevan décadas desarrollándola, pero en el contexto de nuestra ciudad, me parece una apuesta de gran valor por parte de Ginés y Bernardino, los responsables de la idea. Tal vez apuestas como ésta, tan valiente, merezcan la pena y el reconocimiento de los lectores convencidos.

Rigoletto

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