A Fuen, sin más palabras. Conchita corre sudorosa por el camino de tierra levantando una pequeña polvareda cada vez que estampa la suela de cáñamo de sus alpargatas. Encima, un cielo plomizo sirve de pantalla a un sol caliginoso e inclemente. Al entrar al lavadero, siente el fresco del agua y se le ilumina la

