Machado

Mi padre murió en 1969, un par de meses antes de que yo cumpliera los veinte, así que tuve que guardar un luto (lleno de trampas, eso sí) acorde con la costumbre: no ir a bares (en realidad no salía de ellos), no ir a bailes (me iba al pueblo de al lado) y, por supuesto, no pude ir a la feria de septiembre. Con el dinero que me habría gastado en la feria, me compré, entre otros, el libro que más he usado en toda mi vida: las “Poesías Completas” de Antonio Machado, de la colección Austral. Venero este libro como parte de mi educación estética y sentimental, tan lleno de anotaciones a lápiz, ya desvaídas por el paso de cuarenta años y de una pátina de roña, gotas de café, dobleces y sudores.

En 1989, cuando cumplí cuarenta, mi mujer me regaló la edición crítica de Oreste Macrí de las “Obras completas”, la llamada Edición del Centenario (Espasa-Calpe, también), una edición marcada por la mala suerte, pues sólo unos meses después, una profesora del Colegio Universitario de Burgos publicó los poemas perdidos de la famosa “maleta de Machado”, la que dejó abandonada en su camino del exilio y que tanto ha dado que especular. El pobre Macrí debió sentir una enorme amargura, una gigantesca frustración, al ver que lo que el pretendía una edición exhaustiva, en sólo unos meses se convertía en “obras muy incompletas”.

Ambos libros han pasado por mis manos miles de veces, se han ido llenando de marcas en el índice, de papelitos llenos de referencias, de recortes de prensa… Y me han ido llenando el alma de admiración por la persona y la obra del buen hombre poeta, al que le dediqué unos cuaversos y un emocionado relato hace un año, por estas fechas, al cumplirse el aniversario de su exiliada muerte en Collioure el 20 de febrero de 1939, el mismo al que le dedico este año otro par de posts, al que no me canso de releer, cada vez más sorprendido por la hondura de su categoría humana.

Hoy os traigo una serie de referencias sobre su pensamiento político:

“La Patria –decía Juan de Mairena- es en España un sentimiento esencialmente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera.”

“Los que os hablan de España como de una razón social que es preciso a toda costa acreditar y defender en el mercado mundial, esos para quienes el reclamo, el jaleo y la ocultación de vicios son deberes patrióticos, podrán merecer, yo lo concedo, el título de buenos patriotas; de ningún modo el de buenos españoles”.

“Los políticos que pretenden gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción de fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierdas -digámoslo de pasada-, rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro.”

“Claro es que en el campo de la acción política, el más superficial y aparente, sólo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela.”

“-Continúe usted, señor Rodríguez, desarrollando el tema.

-En una república cristiana –habla Rodríguez en ejercicio de oratoria- democrática y liberal conviene otorgar al Demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley, prescribirle deberes a cambio de concederle sus derechos, sobre todo el específicamente demoníaco: el derecho a la emisión de pensamiento. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis, señores. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas.”

“Si se tratase de construir una casa, de nada nos aprovecharía que supiéramos tirarnos correctamente los ladrillos a la cabeza. Acaso tampoco, si se trata de gobernar a un pueblo, nos serviría de mucho la retórica con espolones.”

“Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara. Decía mi maestro Abel Martín –habla Mairena a sus discípulos de Sofística- que un hombre público que queda mal en público es mucho peor que una mujer pública que queda mal en privado. Bromas aparte –añadía-, reparad en que no hay lío político que no sea un trueque, una confusión de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie sabe su papel.

Procurad, sin embargo, los que vais para políticos, que vuestra máscara sea, en lo posible, obra vuestra; hacéosla vosotros mismos para evitar que os la pongan –que os la impongan- vuestros enemigos o vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rígida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara.”

“De esa guerra –por cierto- auguraba Juan de Mairena que sería el gran fracaso de las masas. Hay demasiados hombres –decía él- en los cuarteles, en esos grandes cenobios de nuestros días, y en las fábricas de obuses y máquinas de guerra; demasiados hombres cuya misión es descargar a Europa de un exceso de población. Tras la gran contienda, nadie se atreverá a hablar de masas por miedo a las ametralladoras. No comprendía Mairena que las masas son, entre otras cosas lamentables, una revelación de las ametralladoras.”

“No puede atenderse a la formación de una casta de sabios, con olvido de la cultura popular, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se mustia por la raíz. Pero los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que, mientras menor sea el número de los aspirantes a la cultura superior, más seguros están ellos de poseerla como un privilegio.”

“En toda época de decadencia, los nuevos apedrean a los originales.”

“Tuvimos una República sin republicanos. Apenas había una docena en España –entre los que me encontraba yo- cuando, casi unánimemente, decidimos abolir el régimen monárquico. ¿Para siempre? ¡Bah! A los dos meses de proclamada la República, apenas había un español sin cartera, dirección general o sinecura del estado que no dijera: “No era ésta la República que yo había votado”. Hoy, a las cuatro docenas de monárquicos, se unen los millones de antirepublicanos (sic), que trabajan más o menos descaradamente por una restauración. Todavía, sin embargo, la República tiene en su apoyo a los republicanos por antisocialismo, núcleo débil y no muy numeroso. Pero hoy lo fuerte es el bloque antimarxista, integrado por muchos millones de hombres que no han leído a Marx.

Se diría que entre nosotros sólo funciona bien el resorte reaccionario. La acción progresiva o renovadora es algo superficial, puro mimetismo, que se ejerce como mero excitante de la reacción.”

(Juan de Mairena)

“Yo no soy marxista ni puedo creer, con el dogma marxista, que el elemento económico sea lo más importante de la vida; es éste un elemento importante, no el más importante; pero oponerse avara y sórdidamente a que las masas entren en el dominio de la cultura y de lo que en justicia les corresponde me parece un error que siempre dará funestos resultados. Que las masas entren en el dominio de la cultura no creo que sea la degradación de la cultura, sino el crecimiento de un núcleo mayor de hombres que aspiran a la espiritualidad. Pero, ¿cómo van a ser cultos esos bárbaros? –se oye decir-. Esos bárbaros lo que quieren es no ser bárbaros.”

(Los artistas en nuestro tiempo. Conversación de Adelardo Prats con el insigne poeta don Antonio Machado. 9-11-1934)

“Uno de los grandes pecados de España, tal vez el más grave, acaso el que hoy purgamos con la tragedia de nuestra patria, es el que pudiéramos llamar “gran pecado de las juventudes viejas”. Yo las conozco bien, amigos queridos, perdonadme la jactancia. En mi ya larga vida, he visto desfilar varias promociones y diversos equipos de jóvenes pervertidos por la vejez; ratas de sacristía, flores de patinillo, repugnantes lombrices de caño sucio. Los conozco bien. Y son esos mismos jóvenes sin juventud los que hoy, ya maduros, mejor diré, ya podridos, levantan, en la retaguardia de sus ejércitos mercenarios, los estandartes de la reacción, los mismos que decidieron, fría y cobardemente, vender a su patria y traicionar el porvenir de su pueblo.”

(Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas, 1 de Mayo de 1937?)

En algunos de estos fragmentos encuentro una sorprendente vigencia, que me hace pensar que se han escrito hace sólo unas semanas, cuando en realidad hace setenta años que don Antonio nos las regaló. Tal vez sea ése el valor permanente de lo clásico e inmortal.

Rigoletto

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