Teoría del “cataollas”

El pasado día 11 tuve el placer de conocer a Andrés Sopeña, autor de obras tan hilarantes como “El Florido Pensil” o “La Morena de mi Copla”. Fue en el transcurso de la presentación del libro de Favelis en la Sala Cultural Nueva Gala. Hay que recordar que Sopeña es el prologuista del libro y que, junto con Jesús Lens, fue quien desgranó una introducción a las viñetas del humorista.

En los prolegómenos de esa liturgia que acompaña a toda presentación de un libro, se proyectaron una serie de viñetas y el autor hizo sus habituales comentarios cargados de humor, para quedarse en stand by mientras presentador y prologuista cumplían su función. Ya había cierto ambiente más que propenso a la sonrisa y a la risa abierta, pero cuando le tocó oficiar a Sopeña, el abundante público se desternilló con las inteligentes ocurrencias de este profesor de nuestra Facultad de Derecho.

Empezó recomendando leer e interiorizar el libro presentado, como terapia, como una vacuna contra la estupidez circundante e invasiva que envuelve a nuestra sociedad. Puso abundantes ejemplos de esta dolencia gregaria al hablar de la programación de ciertas cadenas de televisión, de nuestra ciudad y sus medidas organizativas, del carácter del “granaíno” medio. Ahí, el público ya lloraba de risa, pues reconocía nuestra realidad inmediata.

Pero hubo un momento, realmente estelar, en que el autor de libro y el prologuista empezaron a explicar un detalle del prólogo. Jesús Lens, al referirse un rato antes a ambos, los definió como nuevos hombres del Renacimiento, ya que habían conseguido esa difícil cualidad de destacar en varios campos a la vez. En efecto, el propio Favelis es, además de humorista gráfico, un virtuoso pianista, un notable futbolista, escribe magníficos relatos y es piloto de avión (se presupone que razonablemente bueno, pues ha sobrevivido a sí mismo), mientras que Sopeña, además de su labor docente en la Facultad de Derecho, publica libros de sociología humorística (si es que esa disciplina existe) en los que analiza los parámetros ideológicos de la educación o de la copla folklórica durante el franquismo.

Ser brillantes en más de un campo, como lo son el autor y el prologuista, es lo que este último llama “ser disperso” o ser un “cataollas”, término netamente granaíno y muy asociado a ese otro rasgo que nos define: la malafollá, ese cromosoma racialmente local que permite que dos nativos de aquí se reconozcan a miles de kilómetros de distancia sólo por cosas tan nimias como el modo de decir buenos días, esperar un autobús bajo la lluvia, pedir un café o pillar, triunfal y gratuitamente, el Marca en el bar. O más exactamente, por el tono desabrido, por la desconfianza, por la mirada de desagrado y los modales hoscos que el granaíno reparte a derecha y a izquierda en su vida diaria. En palabras del propio Sopeña, recogidas en el prólogo:

“Además de ser así de raro y más que puede llegar a serlo, Martín Favelis es un estimable pianista y, de hecho, él mismo confiesa que es la actividad de la que más tiempo y mejor ha vivido. Pero también es dibujante, y humorista, y escritor, de manera que podría decirse de él que tiene un espíritu renacentista; sí que podría decirse. Pero, o mucho me equivoco, o antes tendrá que oír o leer que es un disperso o un cataollas. Porque lo que no se le va a permitir es precisamente eso, que sea escritor, y pianista, y dibujante y… […] En otras partes, puede; aquí, no. Aquí se tiene que definir: si toca el piano, es que toca el piano, y entonces como dibujante y demás no pasará de ser considerado y tratado como un aficionado y un advenedizo. De este libro se dirá entonces que el pianista Martín Favelis ha publicado una cosa así, con dibujos y eso, que no está mal, para ser la obra de un pianista… No les canso: ¿Sabes? El otro día estuve oyendo al humorista ese… Favelis, sí, tocar el piano, y no lo hacía nada mal, oye; se dejaba oír… “.

Granada es así. Es una hermosa ciudad donde se envidia el talento ajeno, que suena a insulto y no digamos ya si ese talento aparece bien patente en más de una actividad, si alguien se convierte así en un odioso disperso, en un imperdonable cataollas. En Granada, donde todo es posible, es más que conveniente no destacar en nada, dejar pasar el tiempo de la forma más inerte posible, no tocar nada, que las cosas bien están como han estado durante siglos… Eso sí, que no falle el Fandi en el cartel del Corpus, que cante bien Rosa, que haya aparcamientos en Almuñécar, que abran más bares de tapas y que salga este año más bonica que nunca la Vihen de las Angustias. Ahí sí que hay que dar la talla. Lo demás son ganas de malmeter de cuatro cataollas malafollás. ¿O no?

Rigoletto

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More
Ideal.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.