Cuentan los tratados de mitología que Jano era un dios muy antiguo del Lacio, que al llegar a las orillas del río Tíber se encontró con un pueblo abiertamente atrasado, que vivía salvajes tradiciones y carecía de leyes y religión. Jano consiguió agruparlos en ciudades, los organizó políticamente y les proporcionó leyes, lo que les hizo convertirse en amantes de lo honesto y lo justo y alejarse definitivamente de su primitivismo.
Cuando Júpiter expulsó del Empíreo a su propio padre, Saturno, éste se asentó en el Lacio, y Jano lo acogió y lo asoció a su imperio, por lo que recibió a cambio enormes dosis de sagacidad. Esto le permitió conocer simultáneamente el pasado, el presente y el porvenir.

Por ello se le representa habitualmente con dos caras que miran a lados opuestos y se asocia a los momentos en que se inicia algún proceso, esos momentos que implican el cambio de una fase a otra, las transiciones importantes, los grandes momentos que implicaban una renovación. Se le honraba al amanecer de cada día, al inicio de los meses del año, en los cambios de año, cuando nacía un descendiente, se cambiaba de estado, etc. De esa iconografía bifronte provienen las águilas bicéfalas de varias casa reales europeas, entre ellas, la de los Habsburgo.
Sus atributos son una llave y un báculo. La llave, en la mano derecha se refiere al hecho de que él inventó las puertas y con ellas la privacidad (Janus se dice que proviene de ianua= puerta). En la época en que el culto a Jano alcanzó más prevalencia, el Foro, dedicado a este Dios por criterio de Numa, se completó con dos puertas de doble arco (el origen de todos los arcos del triunfo posteriores) y una estatua del dios qudó erigida, centrada entre ambas puertas. Éstas permanecían abiertas sólo en tiempo de guerra. Cada vez que Roma iniciaba una guerra, los caudillos, los magistrados y los pontífices iban en procesión al Foro y, golpeando los escudos estruendosamente, invocaban a Marte. Cuando las hostilidades cesaban, de nuevo se cerraban ambas puertas con barras de hierro y cien candados, para que volver a abrirlas resultase un esfuerzo penoso y el pueblo comprendiese lo estéril de las guerras.
El otro atributo, el báculo indicaba su dominio sobre rutas, caminos y calles. En cierto modo es el precursor de los serenos, hoy desaparecidos.
Entre sus grandes méritos está el haber ayudado a la derrota de los sabinos cuando éstos, ayudados por la traidora Tarpeya, entraron a la ciudad en busca de Sabina, a quien había raptado Rómulo. Jano, al ver la inminente derrota de los suyos, hizo brotar un gigantesco torrente de agua hirviendo que les hizo retroceder. Trapicheos de los dioses, siempre caprichosos.
Se considera el dios del primer mes del año (Januarius), Enero, Janvier en francés, January en inglés o Janeiro en portugués y brasileño, siempre cruce de caminos entre pasado y presente. Igualmente se le considera el inventor del lenguaje, la agricultura, la moneda, la arquitectura, la navegación y la organización del estado.
Pese a ser tan “apañao”, las ninfas lo volvían loco (por entonces aún no era de piedra y, consecuentemente, tampoco era “morigerado en sus costumbre”, como hubiera correspondido a un dios) y se cuenta (este mundo del Empíreo era muy chismoso) que tuvo a su hijo Tiberino, el que le dio nombre al río Tíber, con la ninfa Camasena y una hija, Canente, con la ninfa Venilia. Y pensar que no existía aún la prensa rosa…
Por eso de “deleitar aprovechando”, en Febrero nos ocuparemos del origen de ese mes, pero mientras tanto, que los dioses os sean propicios.
Rigoletto

