UN DIA SIN TELE

EL
año pasado precisamente por este día, 10 de mayo, se me rompió la tele
y llamé al técnico. Los síntomas eran que después de estar cinco
minutos encendida, perdía el color y comenzaba a hacer ruidos extraños.
El técnico se presentó en mi casa con una bata blanca impoluta en cuyo
bolsillo superior estaba bordado su nombre. El hombre palpó el aparato
a la altura de donde tenía el corazón y dictaminó:

-Mal asunto. Está agonizando.

Le
pregunté por las causas y me dijo que últimamente todas las teles
estaban muriendo de la misma cosa: de sobredosis de fútbol, anuncios y
programas basura.

-No hay tripas que aguanten eso -sentenció el técnico, que declaró ser especialista en tubos catódicos.

Luego
me dijo que, si lo deseaba, podría tener una segunda opinión técnica
llamando a un colega suyo experto en aparato digestivo (por lo de las
tripas), aunque lo más seguro es que me iba a decir lo mismo. El
remedio, según él, estaba en hacerle un transplante de pantalla y un
lavado de lámparas. Le pregunté cuánto me costaría la operación y me
contestó que unos 500 euros.

-Por ese precio me compro una nueva -le dije entonces.

-Claro. Es lo que yo le iba a sugerir -me contestó.

Aquel
tipo, que resultó ser un filósofo de lo cotidiano, tenía una teoría
sobre lo que estaba pasando. Según él, los aparatos de antes, en blanco
y negro, estaban hechos sólo para las series como Bonaza, los programas
de Herta Flankel y los partidos una vez a la semana, como mucho. Y la
gente los encendía sólo por las tardes, cuando terminaban sus faenas.
Los anuncios muy de tarde en tarde interrumpían las emisiones, no como
ahora, que las emisiones interrumpen a la publicidad. Y me puso un
ejemplo de esto último:

-La otra noche me puse a ver ‘La Milla
Verde’ y cuando terminó la película la barba me había crecido
precisamente eso, una milla.

En cuanto a los programas del
chismorreo, dijo que eran como la comida basura: producen mucho
colesterol, aumentan los triglicéridos y son fatales para sistema
tecnicolor y Kodachrome del aparato. El fútbol, también había tenido
mucho que ver en el deterioro de la línea secuencial del
electrodoméstico en cuestión. También en este asunto el técnico tenía
su opinión.

-¿Se acuerda usted cuando los intelectuales nos
decían que Franco atontaba a las masas con el fútbol? Aseguraban que
los partidos que televisaban los domingos y el día antes del uno de
mayo eran un arma del fascismo para que el proletariado no pensara en
otra cosa. Quisiera saber lo que dicen ahora cuando hay fútbol un día
sí y el otro también. ¿Y hasta cuatro partidos el mismo día!

Total, que ahora las teles, según su diagnóstico, mueren de agotamiento y de estar siempre emitiendo la misma porquería.

-¿Entonces qué hago? -le pregunté.

-Por
lo pronto, hoy, diez de mayo, es el Día sin Televisión, no la encienda
usted, a ver qué pasa. Y si sigue mal, dentro de unos días se compra
otra.

De eso, como digo, hace ya un año. Por supuesto no me he
comprado otra. En todo este tiempo que he estado sin tele he escrito
una novela de mil páginas, he hecho un curso de yoga, me he ido a
Tombuctú y me he casado dos veces. Es sorprendente lo que cunde la vida
sin tele.

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