A los tres años entré en la guardería.
A los cuatro ya estaba inscrita en un colegio de monjas de moral estricta y disciplina férrea.
Se llamaba, por aquel entonces, párvulos.
Con cinco años ya sabía leer y escribir.
A los diez ya me estorbaban visualmente las faltas de ortografía, las irregularidas gramaticales y los giros semánticos inexactos.
Con doce sabía muy bien qué quería, cómo lo quería y cuándo lo quería.
Empecé a escribir con mucha frecuencia.
Entré en el Bachillerato con un expediente brillante.
Podía hablar de Historia, de Literatura, de Biología, de Política y de Ética con mucha propiedad y mucho juicio.
Me dijeron: “Para ser alguien el día de mañana hay que estudiar duramente”.
Quien me conoce sabe que poca fiesta y jolgorio he disfrutado yo en mis años de adolescencia.
Menos aún cuando llegué a la Universidad.
Si la carrera fueron cinco años, servidora se la cascó en cuatro.
Entré en el curso de doctorado.
Mi vida se centraba en el estudio, el trabajo y la literatura.
Redacción periodística y reparto de folletos, Ciancia Política y empleo en la agencia EFE, Literatura Española y atención al cliente tras un mostrador.
Ni sábados de farra ni domingos de televisión con palomitas.
En los ratos libres… ¡Tengo que ayudar a mis padres!
Tras el posgrado, el CAP.
Horas, días, semanas, meses, años y lustros consagrados al estudio disciplinado y constante. ¡Me dijeron que era el modo de ser “alguien” en la vida!
Contemplo aturdida cómo han pasado las lunas. Asisto a un espectáculo bochornoso de parados en masa, universitarios, jóvenes sobradamente preparados, cultos, alfabetizados, instruidos…
Ocupando puestos de escala superior todos aquellos que se derivaron a instituciones “menos honrosas” que la Universidad. Y me sorprendo al comprobar que no saben escribir, que no pueden expresarse, que se sientan en sillas con ruedas y se ponen corbata esperando su nómina mensual. Que no saben porque no han querido aprender.
Yo me pregunto, ¿quienes hemos luchado por un país de trabajadores formados y preparados, quienes sabemos lo que es trabajar desde púberes, quienes leíamos libros en lugar de engancharnos a consolas que atontan el discernimiento, qué somos exactamente?
Somos, a mi juicio, unos perfectos “lilipollas”.
El sistema educativo actual (“Demos lo mínimo que les importa una mierda saber la diferencia entre Gobernador y Alcalde”), el Estado de Derecho que propugnamos y los baremos para formar especialistas (Cuantos más estudiando, menos paro), han hecho de la generación mejor preparada de la democracia española, una conglomeración de eruditos abocados a las oposiciones. El empleo público como salida a formaciones específicas. De vergüenza.
Un aplauso para España, señores.
VVRR