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No supieron vivir de otra manera

 

La compañía de honores arranca apenas empiezan a sonar los acordes de “La muerte no es el final”. Muchos cantan con un nudo en la garganta, mientras que los compañeros avanzan con paso marcial hacia el lugar donde depositarán la corona de laurel en memoria de los compañeros que murieron en acto de servicio. Es el homenaje a los caídos que se hace en todos los actos castrenses. Un ritual que se repetirá también durante los actos de homenaje a la Guardia Civil que tendrán lugar esta semana en Jaén. Para los 1.200 guardias que sirven en la provincia no es un recuerdo en abstracto. Seis compañeros perdieron la vida en los últimos años por hacerle honor al uniforme verde que vestían. Así que cuando la compañía avance y el conductor del acto comience a recitar la oración, a muchos se les humedecerá la mirada y dirigirán los ojos hacia el cielo.
«Lo demandó el honor y obedecieron …», comienza la oración por los caídos. Enrique Morales Abril (Noalejo, 1968) estaba destinado en el equipo de atestados del subsector de Tráfico de Jaén. A las cinco de la tarde del 16 de diciembre de 2006 recibieron el aviso de un accidente en el kilómetro 59 de la A-316 entre Torredonjimeno y Jaén. Se habían dado un camión y un turismo. Un accidente leve. Enrique Morales fue allí a levantar un atestado. Pero había un carril de la autovía cortado. Había peligro para los conductores por los obstáculos en la calzada. El guardia Morales dio un paso al frente para regular el tráfico para evitar más percances. Un conductor que circulaba por ese carril se lo llevó por delante. Los servicios de emergencias intentaron reanimarlo, sin conseguirlo. Tenía 38 años y una familia que lo esperaba en casa.
«Lo requirió el deber y lo acataron …». Eduardo Puerma Rueda (Castillo de Locubín, 1954, casado y con dos hijos) prestaba servicio al anochecer del 2 de mayo de 2004. Una tarde de perros en la carretera por el mal tiempo. A sus 49 años Puerma estaba considerado un agente experimentado, curtido en lances de carretera. Servía en el puesto de Campillo de Arenas. Así que cuando dieron el radio de un accidente en el kilómetro 72 de la A-44, al pie del Puerto Carretero, ya sabía que esa papeleta era para él. En principio, una colisión entre varios vehículos, pero sin mayor trascendencia y sin heridos graves.
Los operarios de la grúa ya estaban en el lugar retirando los vehículos. El guardia Puerma y al menos otros tres compañeros se habían hecho cargo de la situación bajo el aguacero. Caía la noche y la visibilidad era cada vez menor con la lluvia. Un conductor perdió el control al pasar por ese punto, impactó contra otro turismo que salió lanzado contra los guardias y los operarios de la grúa que intentaban despejar la calzada para garantizar la seguridad de la autovía. Cuatro guardias, la conductora del vehículo y los dos operarios de la grúa resultaron heridos. Eduardo Puerma sufrió un golpe en la cabeza fortísimo. Lo llevaron con vida al hospital. Durante diez días se aferró a la vida. Finalmente falleció el 12 de mayo de 2004.
Lluvia y balas
«Fueron grandes y fuertes, porque fueron fieles al juramento que empeñaron. Por eso como valientes lucharon, y como héroes murieron …», continúa la oración que se recita en el acto a los caídos. Los más antiguos en Tráfico la han escuchado mil veces. Siempre jugándose la vida «sobre dos ruedas, entre camiones y coches lanzados a más de 120 kilómetros por hora», explica el guardia Muñoz, un veterano. Desde hace casi una década, apenas caen cuatro gotas del cielo, Muñoz se acuerda de su compañero Carmona Garbín. El 19 de marzo de 2003, el guardia Simón Carmona Garbín (Baños de la Encina, 1954), destinado en el cuartel de Bailén, fue atropellado cuando estaba auxiliando a un conductor a las ocho y media de la mañana de aquel día, en el kilómetro 307 de la A-4 en Villanueva de la Reina. El conductor iba a retirar los triángulos de emergencia. Llovía. El agente vio peligro y decidió ir él mismo. Entonces apareció otro coche que embistió al vehículo de la Guardia Civil. A su vez el coche patrulla arrolló al agente. Murió en la carretera. «Recordarlo te hace estar más atento», apunta Muñoz. Simón Carmona tenía mujer y dos hijos.
«Por la Patria morir fue su destino, querer a España su pasión eterna, servir en los Ejércitos su vocación y sino», se reza cuando la compañía de honores se acerca ya a su destino. Los guardias destinados en La Carolina tienen siempre presente lo que ocurrió en la madrugada del 13 de junio de 1998. Ese día mataron al guardia Francisco Manuel Sáez Santiago (Linares, 1961). El único de los seis fallecidos en la provincia que murió por arma de fuego, y no por accidente de tráfico. «Eran los Mundiales, el día del primer partido», recuerda un veterano. Un coche con matrícula francesa despertó sospechas en la A-4 en Despeñaperros. «Tomaron sus medidas. A Sáez le tocó identificar al conductor. Lo bajó del coche y lo estaba cacheando. Cuando llegó a las botas el tipo le empujó y sacó de allí una pistola». Habían parado a Albert Bacquet, al que no le tembló el pulso para pegarle un tiro en el corazón al guardia Sáez Santiago -que murió en el acto- y disparar cinco veces a bocajarro contra José Sevilla Ibáñez, quien salvó la vida. Los informes de la Guardia Civil indican que con su último aliento Sáez Santiago «alertó a los demás compañeros de patrulla y con ello evitó que hubiera más muertes».
Bacquet fue detenido junto con un varón español y dos hermanas colombianas que viajaban con él, ya en la provincia de Ciudad Real. Fue condenado a 30 años de cárcel.
Desde la Academia
«Nuestra ilusión ser pronto Guardias, y a la patria poder siempre servir, siempre quererla y siempre amarla, defendiéndola hasta morir». La letra la aprenden todos los guardias que sirven en España después de pasar por la Academia de la Guardia Civil de Baeza. No son palabras vanas. No mientras haya guardias civiles como lo fue Antonio González Rodríguez-Sánchez. El 13 de octubre de 1996 en el kilómetro 258 de la A-4 un coche se quedó averiado en la mediana. Acudió al auxilio desde el destacamento de Bailén el brigada Antonio González, de 47 años, casado y con dos hijos. Llovía. Un turismo perdió el control y se salió de la calzada. El brigada sufrió el impacto del vehículo y perdió la vida en el acto.
El primero de esta lista de agentes que perdieron la vida mientras cumplían con su deber fue el guardia Pedro González. Motorista. Tenía 40 años, mujer y tres hijos. Circulaba por la N-432 en Alcalá la Real cerca de Alcaudete, donde estaba destinado. En sentido contrario venía un coche. El conductor tenía sueño. Invadió el carril de la izquierda. Se lo llevó por delante.
Recuerdo
Pedro, Antonio, Francisco Manuel, Simón, Eduardo y Enrique. Son seis nombres que estarán presentes durante la semana de homenajes a la Guardia Civil en la provincia de Jaén. Especialmente cuando se haga el homenaje a los caídos. Cuando la compañía de honores llegue al lugar del homenaje, donde arde la llama eterna, cuando la corona de laurel se deposite con mimo ante el pedestal y la oración llegue a su final: «No quisieron servir a otra Bandera, no quisieron andar otro camino, no supieron vivir de otra manera».

 

«Mi padre fue el segundo»

Una exposición sobre víctimas de terrorismo en la Guardia Civil abre la semana de homenaje al Instituto Armado

JAÉN. De lejos es un panel con fotos carné. Más cerca se distinguen los rostros, algunos con recios bigotes, las miradas frescas de jóvenes recién salidos de la Academia de Baeza, el semblante más ceñudo de los mayores. Son los rostros de 224 guardias civiles asesinados en actos terroristas. Nueve de esas fotos son de guardias civiles con raíces en la provincia de Jaén. «Mi padre es el segundo, dice María Dolores señalando la foto vecina a la del guardia Pardines, la primera víctima de ETA reconocida. El siguiente en la lista es Dionisio Medina Serrano, que murió el 7 de marzo de 1971 en un atentado en Barcelona reivindicado por el Frente de Liberación de Cataluña. «Estaba destinado en Barcelona. Fue en un edificio de la Agencia de Recaudación de la Diputación, de la calle La Sagrera, 42. Habían puesto una bomba en una ventana, y le alcanzó de lleno», explica María Dolores. El guardia Medina -vinculado a la aldea de La Rábita (Alcalá la Real) aunque con raíces en Priego de Córdoba- dejó una viuda de 26 años a cargo de una niña de 4. «Va a ser una semana pródiga en emociones», dijo el subdelegado del Gobierno, Juan Lillo, al inaugurar la exposición “La Guardia Civil, escudo de la democracia frente al terrorismo”. El primero de los actos del Homenaje a la Guardia Civil que se celebra en Jaén hasta el próximo viernes rebosaba ayer de personas emocionadas.
Luis y Natividad se apoyan en su hija Rafi y buscan entre las fotos de víctimas de finales de los 80. Al llegar al 9 de septiembre del 87 las miradas de los tres se clavan en la imagen de un joven que posa con gesto serio. Manuel Ávila García. Tenía 22 años. «Fue en Gernika, un coche bomba. Ya habíamos oído la noticia en la radio. Vino a casa un guardia a decírnoslo», recuerda la madre. La familia es de Mures, otra aldea de Alcalá. Manuel y un compañero patrullaban de paisano en un coche sin distintivos cuando vieron un coche sospechoso a 50 metros de la casa cuartel. Cuando se acercaron, activaron la bomba con un control remoto.
Un veterano guardia musita una oración con la vista fija en otra de las fotos. Es la de Antonio Nieves Cañuelo. «Su padre también era guardia, de Marmolejo. Fue en Sondika, en el aeropuerto de Bilbao», dice el veterano. El 8 de agosto de 1979 ametrallaron el Land Rover con el que patrullaba por las pistas del aeropuerto. «Ese día no le tocaba trabajar, le cambió el turno a un compañero para hacerle un favor», dice el viejo guardia, que explica que ha asistido a varios entierros de compañeros muertos en actos terroristas. Hay constancia de nueve guardias jienenses fallecidos y otros 16 heridos.

Estos dos artículos fueron publicados en IDEAL a finales de septiembre de 2012, en la semana de homenaje del Círculo de Amigos de las Fuerzas Armadas a la Guardia Civil de Jaén. Los he recuperado con motivo del Pilar.

A bocajarro. A la distancia justa donde salpican las tripas de la noticia cuando estalla.

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