Que suenen las fanfarrias, que abran las puertas de la catedral y repiquen las campanas. Estamos de fiestón. Chunda, chunda, chunda. Finalmente, la autovía A 32, ésa que alguna vez en la vida unirá Jaén con el Levante, ha sido indultada por obra y gracia de ‘Pepe Antonio’ Griñán y ‘Pepe Luis’ Rodríguez Zapatero que, tras reunirse en La Moncloa, se entendieron nada más mirarse a los ojos. “Un polvo rápido”, que dijo una vez una consejera en la capital sin atender a que la canalla periodística merodeaba. Magnífico. El Ministerio de Fomento dice que se pasaron en la frenada, que no midieron bien los tijeretazos y que después se dieron cuenta de que disponían de 500 millones adicionales para borrar de la lista negra unos cuantos proyectos a los que, con cierta ligereza, habían dado la extramaunción.
Hasta aquí todo perfecto. Sensibilidad hacia Jaén, interés estratégico de una obra históricamente reivindicada, capacidad de maniobra de nuestros próceres en las altas esferas. Lo dicho, chachipén. Pero mire usted por donde que a mí todo esto me parece una gran mentira. No, no me refiero a que no se vaya a hacer lo prometido, muy feo y frustrante sería una nueva marcha atrás -ya que hablamos de polvos-, sino que a estas alturas de la película tengamos que felicitarnos porque esta provincia, la última de la última en todo -menos en calor-, haya recibido una especie de trato de favor por parte de las autoridades.
Pues faltaría menos. Miren, los jaeneritos, los aceituneros que están hasta las mismísimos cataplines de ‘ser altivos’, no son más guapos, listos y exquisitos que los demás. No se merecen las inversiones porque sí. Aquí existe un déficit objetivo de infraestructuras, de tejido productivo, de diversificación económica… No hay más que echar un vistazo a los vergonzantes ránquines de riqueza para comprobarlo. Por eso, y no por la intermediación de los políticos o porque seamos más graciosos, la A 32 no debe paralizarse. Alguna vez lo he comentado, pero no me cuesta repetirlo. Esto de la tabla rasa, esto de que los ajustes se apliquen todos por igual, suena muy bien, pero es algo tremendamente injusto para los que están más jodidos. Y nosotros, desgraciadamente, lo estamos.