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jorgepastor2000

Patadón y tentetieso

El sambenito

 Ni los catalanes son unos ‘agarraos’ lameorzas. Ni los vascos unos garrulos con txapela. Ni los madrileños unos fachas prepotentes. En el país de la fatuidad, o sea el suyo y el mío, sigue interesando mantener estos reduccionismos. Ahora los focos apuntan a Andalucía. Todo surge a raíz del programa Salvados, lo más decente de la televisión en España. El periodista Jordi Évole retoma las palabras pronunciadas por Duran i Lleida en el charco preelectoral, aquéllas de los jornaleros y el PER, para hablar de miseria y picaresca. ¿Dónde? Pues ya se imaginan, en Andalucía. Me gustó mucho la elección de los testimonios y la forma de enfocar el asunto. Pero el planteamiento me pareció, sin embargo, profundamente desafortunado. Es decir, la identificación de una realidad muy concreta, la del campo subsidiado andaluz, con una región que hace tiempo apostó por la economía productiva y que lucha por sacudirse el sambenito hijoputa de vagos, bullangueros y aprovechados. Allí se habló reiteradamente de ‘Andalucía’, no de la ‘Andalucía rural’. Sin atender, igualmente, a las auténticas razones del infradesarrollo de esa Andalucía de aceituneros altivos -yo diría más bien ‘dubitativos- tan presente en la cotidianidad de Jaén, donde la agricultura aporta más del 9 por ciento de la ‘riqueza’.

Lo he comentado en alguna ocasión. Nunca fui de banderas. Nunca desarrollé sentimiento alguno de pertenencia a una comunidad. Qué le vamos a hacer. Pero más allá de este ‘desarraigo por convicción’, no les voy a negar que me repatean los clichés asociados a algo tan aleatorio y accidental como residir en un sitio u otro. Y más cuando ese sitio es una ‘construcción’ tan compleja y variada como Andalucía, con ocho provincias, cerca de nueve millones de habitantes y 87.600 kilómetros cuadrados de extensión. La Andalucía del PER y la de los señoritos existe. Pero también la Andalucía de señores como Tomás Palacios, un jienense al que el presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, acaba de premiar por su empeño de ahorrar el 20 por ciento de la energía del mundo. Tan andaluz es el que le pega varazos a los olivos como el que investiga cómo doblar un móvil y guardarlo en el bolsillo como si fuera un papel, que es, entre otras cosas, a lo que se dedica el bueno de Tomás. Que sí, que en España se invierte poco dinero en ciencia, que no tenemos solución… fustiguémonos sin conmiseración. Pero el talento de Tomás tiene ‘denominación de origen’, como los vírgenes extra que exportamos a medio mundo. Y eso también es Andalucía.

Pero no. Aquí lo que vende es el puto PER, las sevillanas y el ‘harsa, harsa’. Y lo peor de todo es que cruzas Despeñaperros y, sin quererlo ni beberlo, te tienes que transformar por narices en un ser chistoso, cantarín y duermesiestas. “¿Pero no eres andaluz?”, me han preguntado en alguna ocasión ante mi negativa rotunda a hacer el gilipollas dando vueltas como una peonza al compás de la primera, la segunda, la tercera y la nonagésimo quinta. Que sí, amigos y amigas, que esa Andalucía existe, que es muy respetable -pese a las memeces que suelte Cayetano de Alba-, pero que ese rollo no va conmigo y me atrevería a decir que tampoco con la inmensa mayoría de andaluces con los que me relaciono a diario. Aquí trabajamos como cabrones, los jóvenes se queman las pestañas delante de los libros, somos críticos con una política de ayudas que no ha llevado a ninguna parte y nos levantamos todas las mañanas con el firme propósito de que nosotros y solo nosotros, con nuestras manitas y nuestro sudor, sacamos adelante esto o lo que haga falta.

 

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