Soy un ‘alarmista social’. Sí, tanto darle a la teclita, tanto escribir noticias, tanto, tanto, tanto… y ahora resulta que uno va por la vida generando algaradas y acojonando a la peña. Les explico. Hace unos días mi periódico publicaba un artículo, firmado por un servidor, en el que informábamos del incremento de los robos de comida en los supermercados. Debido a la negativa de las grandes empresas distribuidoras a proporcionar datos sobre el particular (al parecer todavía sigue estando mal visto que a uno lo llamen cornudo), nos nos quedó otra que tirar por la vía de en medio y acudir a fuentes alternativas, pero de total solvencia por aquello de que viven el problema en primera persona: los que se encargan de mantener a raya a los amigos de lo ajeno. O sea, a las compañías de seguridad privada (para ser más exaxctos, a sus empleados). Nos comentaron que, en efecto, el número de intervenciones se había incrementado entre un 30 y un 40 por ciento en el último año.
Pero más allá de los porcentajes, siempre relevantes sobre lo que está sucediendo, los guardias jurados con los que hablé me dijeron que esta coyuntura no se debía imputar a una mayor presencia de descuideros, sino a personas “como tú y como yo” (cito textualmente), que llevan mucho tiempo en el paro y que no birlan para revender en el mercado negro, sino para comer. Es más, me comentaron que si antes se intentaba esconder en el refajo productos que tuvieran cierto valor añadido (ibéricos, colonias…), ahora lo que se procuraba sustraer son artículos de primera necesidad (pollo, jamón york) para autoconsumo.
Pues nada, que lo contamos todo. ‘El hambre dispara el hurto de alimentos básicos en los supermercados jienenses’, se titulaba el artículo. Y tal y como me temía, un par de días después (esto fue en fin de semana) ya hubo quien dijo que estábamos creando ‘alarma social’. Uno, que se despacha todos los días entre dos y tres paginitas diarias, ya está acostumbrado a escuchar críticas, unas más constructivas que otras. Pero esta vez no voy a dar la callada por respuesta.
Les ruego encarecidamente a estos señores que, a eso de las 22,30 horas, dejen de ver la tele en su mullido sillón y se den una vuelta por los contenedores que hay junto a los supermercados para observar el espectáculo. Y si tienen cojones (u ovarios) pregúntenles a los susodichos por qué hurgan en la basura. Yo lo he hecho y se te cae el alma al suelo. Es más, la idea de este reportaje me la dio precisamente uno de estos señores.
Y una última cosa. Me preocupa sobremanera que la sociedad haga suyo los discursos interesados de los políticos, que acuden reiteradamente a la cantinela del ‘alarmismo’, echándole el muerto a los periodistas para que sean éstos los malos de la película. No seré yo el que defienda corporativamente a este profesión (no entro en las razones porque darían para un ‘vademécum’), pero silenciar las injusticias sociales es una canallada que jamás debería consentirse en un Estado de derecho, rediós. Que para algo han muerto, y siguen muriendo, cientos y cientos de compañeros. Así que si por decir estas cosas soy un alarmista, sí, lo confieso, soy un alarmista.