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	<title>Patadón y tentetiesoEnsayo &#8211; Patadón y tentetieso</title>
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	<description>&#039;El día que la mierda valga algo, los pobres nacerán sin culo&#039; (García Márquez)</description>
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		<title>Vicente Oya, 24 años opinando en Ideal</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Nov 2012 09:49:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Que no se olvide nadie hoy, 9 de noviembre, de felicitar a nuestro amigo Vicente Oya. ¿Por qué? Su columna de opinión Jaencianas en IDEAL cumple 24 años ininterrumpidos. <strong>Casi 8.000 artículos contando lo que pasa en Jaén</strong>, describiendo lo que piensan, sienten y hasta padecen los jienenses. Los que escribimos sabemos que no es fácil enfrentarse cada día al papel en blanco y en su caso, desde hace tiempo, a la pantalla del ordenador. Él lo hace de forma magistral, «con permiso del Deán», frase con la que iniciaba su primer artículo en IDEAL.</p>
<p>Su columna comenzó llamándose Retratos al Natural, después sólo Retratos y ahora Jaencianas (en referencia a todo lo que se hace en Jaén, término acuñado en tiempos del Condestable y Enrique IV). <strong>Al amparo de sus artículos ha nacido Gacelo</strong>, un personaje que, con permiso de Vicente, siempre he creído que encarna su espíritu. Gracias amigo.</p>
<p>By María Capilla de la Calle.</p>
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		<title>Cuando yo dejé de ser yo</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Oct 2012 08:25:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde que uno sale por el agujero de la vida hasta que entra en el agujero de la muerte, unos 80 años según el INE, suceden varios acontecimientos que cambian tu biografía. Ahora que me encuentro a mitad de trayecto podría contar al menos tres. La primera vez que leí a Neruda. El primer beso enamorado. Y cuando me convertí en padre. Tres hitos que multiplicaron por tres mi capacidad de amar y también de sufrir. <strong>La primera vez que cogí a mi hija, a los pocos segundos de nacer, entendí que yo había dejado de ser yo</strong>. Tampoco teorizaré al respecto, pero ese cataclismo turbador engendra un instinto de protección hacia ella y también hacia ti. El mecanismo es sencillo a la par que complejo: no puede pasarte nada a ti para que no le pase nada a ella. Nunca permitirás que nadie le haga mal, un axioma que implica, obviamente, que tú serás el primero que nunca le harás mal. El problema es que un mundo repleto de tontos del haba obcecados por reglamentarlo todo hay quien se empeña en anular los postulados de la naturaleza presuponiendo que yo, padre, soy un ser abyecto. Acotación. Como aún no  me considero un ser abyecto y lucho todos los días por no caer en la estulticia –todo se andará- tampoco negaré que sí hay grandísimos hijos de puta que hacen cosas terribles a sus hijos. Lo veo en las noticias que algunas veces escribo yo mismo. También creo que la legislación debe recoger excepciones y contemplar castigos modélicos para estos canallas.</p>
<p>Al grano. La chiquilla se hace mayor. Me ruega encarecidamente ir a un concierto de uno de sus grupos favoritos. Su primer concierto. Me hizo una ilusión enorme. Hora razonable, espacio abierto&#8230; perfecto. Y allá que nos fuimos. Cogidos de la mano. Emocionados. Pero siempre consciente de que los ocho años de mi acompañante podrían ser impedimento, solicité la venia de un señor de la organización &#8216;no fuera qué&#8217;. <strong>Su gesto de &#8216;pero qué película me cuentas a estas horas&#8217; ya me anticipó que el pleito no terminaría bien</strong>. “Espera, que se lo pregunto al jefe”. Calma tensa, que dirían los chicos de la prensa. Veredicto: “Lo sentimos, no es posible”. ¿Por qué? “Porque hay una ordenanza que prohíbe el acceso de menores a lugares donde se venda alcohol”. “Y no queremos líos con las autoridades”, apostilló.</p>
<p>Nuestro proyecto chocó de bruces contra la convicción de alguien ‘listísimo’ que un día pensó que yo, padre insensato, no tendría la responsabilidad suficiente para acudir con mi hija a un sitio donde la gente bebe cervezas y cubalibres. Exactamente igual que en cualquier bar. <strong>Él o ella, ese prohombre severo e incorruptible que vela por la rectitud y la infancia, decidió otra vez por mí</strong>. “¡Infantes, bloqueen la puerta, padre peligroso merodeando!”. Derrotados y cabizbajos, emprendimos camino de vuelta. Silenciosos. Unidos. Ella pensativa. Y yo recordando aquellos segundos mágicos en que la matrona la puso en mis brazos. “Detente un momento, por favor”, espeté. <strong>La miré. Me miró. Entonces sentí un deseo irrefrenable de abrazarla, besarla y llorar. Exactamente igual que el día que yo dejé de ser yo</strong>.</p>
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		<title>La nueva Inquisición</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Sep 2012 07:35:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A determinadas edades, a los treinta y tantos por ejemplo, resulta cade vez más complicado arrepentirte de lo que hiciste el día anterior. Se supone que ya tienes plenamente desarrollado el séptimo sentido, el de prevenir las consecuencias. Pero no es fácil. La tecnología se ha convertido en el principal enemigo de la vergüenza propia, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A determinadas edades, a los treinta y tantos por ejemplo, resulta cade vez más complicado arrepentirte de lo que hiciste el día anterior. Se supone que ya tienes plenamente desarrollado el séptimo sentido, el de prevenir las consecuencias. Pero no es fácil. La tecnología se ha convertido en el principal enemigo de la vergüenza propia, ésa que te hace consciente de tus fortalezas y debilidades y te permite, por tanto, aquilatar tus acciones para no quedar en evidencia. Cualquier renuncio, por poco indecoroso que sea, queda &#8216;gloriosamente&#8217; inmortalizado por la cámara traicionera de un móvil. Te marcas un bailecito, te contoneas cual John Travolta, graciosillo, ufano, haces un &#8216;mal&#8217; gesto&#8230; y zaaaas. <strong>Siempre habrá un amigo cabroncete -o no amigo pero cabroncete- que inmortalizará el momento</strong>, lo colgará &#8216;ipso facto&#8217; en Facebook, Twitter e Instagram, en los tres a la vez no vaya a ser que alguien no se entere, y quedarás expuesto al mundo para que el mundo se mofe de ti. La Santa Inquisición del siglo XXI. De los reos con capirote y sambenito a la pública humillación de la fotico en internet.</p>
<p>Yo he sido víctima en alguna ocasión de esta pulsión irrefrenable que tienen algunos por subirlo todo. Absolutamente todo. Desde el bucólico amanecer, con la Luna y Venus alineados, hasta las cagaditas del perro, cuyas curiosas formas, sólo vistas por su dueño, revelan la vis artística del tuso. Una vis artística que, obviamente, todos deseamos conocer, comentarla y obserquiarla con el ya aforístico &#8216;me gusta&#8217;. Ya las digo que a mí me tocó la china en alguna ocasión. Es más. <strong>Hubo quien rescató incluso un pasaje de mi adolescencia, con la virtud de la prudencia todavía adormecida, y la publicó porque sí</strong>. Salía yo embutido en camiseta negra, con el emblema &#8216;Insumisión total&#8217; en la pechera, cabello maradoniano, gafas de sol choriceras, patalón de pijama azulete y pantuflas. Una instantánea tomada hace más de veinte años, en el furor de la fiesta, recuperada y desconextualizada implacablemente a modo de gracieta. Todavía no me he recuperado del &#8216;choc&#8217;. Recién levantado, relajado, café humeante, disperso. Y de repente, ese cruel encuentro con un pasado que fue maravilloso, pero que es pasado y, lo más importante, me pertenece. Nadie está autorizado para recuperarlo sin mi beneplácito. No es una broma. Es una putada. Y el susodicho un cabrón. Sin paliativos.</p>
<p>Creo que hemos llegado a un peligroso punto de no retorno. No hay límites para la intromisión sin recato en las vidas ajenas. Se ha perdido esa maravillosa costumbre de &#8216;pedir permiso&#8217;. <strong>De valorar si tocar los huevecillos es oportuno o inoportuno</strong>. De ponderar, en definitiva, hasta dónde se puede llegar. Soy periodista y creo firmemente en la libertad de expresión, pero también en el derecho de cada cual a &#8216;vender&#8217; la imagen -su imagen- que le interese y que más se asimile con su forma de pensar y sentir. Un anhelo incompatible con la imprudencia de los que piensan que en las redes sociales todo vale. Decía Cocteau que “los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver su imagen”. Y yo añadiría: “Los capullos también”.</p>
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		<title>Nosotros los periodistas</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jun 2012 07:16:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Amigos y amigas, me confieso periodista. Qué le vamos a hacer, cada cual tiene sus ‘manías’. A unos les da por romper señales de tráfico o por coleccionar margaritas. Y a otros, entre los que me incluyo, por sentarse delante del ordenador todas las tardes y escribir noticias. Pero no. <strong>Que nadie piense que voy a convertir estas líneas en un aquelarre hacia una profesión a la que le faltan sanchos y le sobran quijotes</strong>. No lo voy a hacer por dos razones. La primera porque no me sale de las narices. Y la segunda porque ya hay auténticos maestros del ‘somos lo peor de lo peor’. Tampoco pretendo refutar a los que nos consideran una especie de trileros que, desde el conocimiento sesgado, tergiversamos la realidad con el único ánimo de alimentar nuestro orondo ego. Viva la libertad de pensamiento. Hoy se lo dedico a compañeros y gurús que, so pretexto de que la autocrítica es imprescindible, que lo es, se dedican sistemáticamente a meter el dedo en la llaga de los defectos y no en el hontanar de las virtudes -aunque sea por error-.</p>
<p>Me encanta lo que hago. <strong>Sí, tengo la inmensa fortuna de ganarme la vida y divertirme al mismo tiempo</strong>. Y hacer realidad el sueño de aquel chiquillo de 19 años, bisoño y azorado, que pisó por primera vez una redacción como quien entra en el olimpo de los elegidos. De recibir la llamada de esa ‘garganta profunda’ que desvelara el mayor caso de corrupción. De publicar la hazaña de ese héroe anónimo que perdió su vida para que otros la ganaran. Del sátrapa derrocado por la revolución de las mentalidades. De los desvelos de la abuelita que no llega a final de mes. El imberbe de 19 años aterrizaba en aquel mundo con el hatillo lleno de teoría y con el reto de llevar a la práctica lo aprendido en los libros. En la talega también había mucha ilusión. Porque el periodismo es eso, el afán por narrar cosas interesantes, sea redactando un reportaje a doble página o los 140 caracteres de un efímero tuit, pero sobre todo es ilusión. Esto no viene en los manuales, pero es la razón de ser del &#8220;oficio más bello del mundo&#8221;, como lo definió García Márquez</p>
<p>Éste ha sido mi principal desvelo en estos dieciséis años de trayectoria. No perder nunca la capacidad de emocionarme. Y por eso me he hecho el firme propósito de alejarme de estos pesados que, desde su ‘abrumadora’ experiencia, sientan cátedra presagiando el final y adoctrinando sobre el sentido común. Que si los siete pecados capitales de la prensa, que si cinco formas de aprovechar las redes sociales para llegar a los lectores, que si de héroes están llenos los cementerios… qué coñazos, por favor. Sé que vivimos tiempos difíciles y que la crisis nos ha empitonado de lleno. Que se imponen nuevos modelos y plataformas para comunicar. Pero también tengo meridianamente claro que el futuro está en nuestras manos. <strong>La vida es una fuente inagotable de historias fascinantes. Sólo hace falta no perder la ilusión para contarlas</strong>.</p>
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		<title>Está pasando, lo estás viendo</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2012 07:15:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p> Navegamos ya con rumbo fijo y a todo trapo de lo inquietante a lo desconocido. Al menos a lo desconocido para aquellas generaciones de españoles nacidos en democracia y en un mundo que entendíamos -en pasado- como relativamente ordenado. <strong>Ahora la guerra no la hacen las personas. La hace el dinero. En ambos casos la consecuencia es la misma: más pobreza</strong>. Lo digo porque escribo a diario sobre ello y porque lo veo en la calle. Lo he comentado en alguna ocasión. No hay mejor indicador económico que la longitud de la cola que se forma todas las noches para entrar al comedor social de la parroquia de Belén y San Roque. Ésa es la puta crisis. La de no tener nada. Hace poco publiqué un reportaje precisamente sobre ello. Los que roban leche, pan o embutidos porque tienen hambre. Suena duro ¿verdad? Pues &#8216;está pasando, lo estás viendo&#8217;, como rezaba el conocido eslogan de CNN+, ese canal de noticias que murió -o más bien lo mataron- para dar paso al &#8216;edificante&#8217; show de los mozuelos tirapedos del Gran Hermano. &#8216;La vida en directo&#8217;. Las narices. &#8216;La vida en directo&#8217; es la hilera vergonzante de almas en pena aguardando para saciar el apetito o el señor encorbatado que, parapetado tras un cartón y un lacónico &#8216;sólo pido para comer&#8217;, esconde su angustia y el fracaso de una sociedad donde la palabra bienestar suena a coña marinera.</p>
<p>Pero no está en mi ánimo joderle la mañana a nadie con el crudo relato de la realidad más real. Todo lo contrario. Tan sólo pretendendía ponerles en antecedentes para destacar el ímprobo esfuerzo que están haciendo algunas instituciones, como Cáritas, Cruz Roja o el Banco de Alimentos, para atender las necesidades más básicas de los que desayunan, almuerza y cenan, eso sí, doble ración de miseria aderezada con amargura. Estos señores se merecen todos los premios habidos y por haber. Aunque conociendo perfectamente a muchos de los que están ahí, dando el callo, estoy seguro que el mayor reconocimiento para ellos sería más apoyo. Sí, más apoyo para dar respuesta a una demanda que les desborda -Cáritas atiende ya al 12 por ciento de la población de Jaén-. Y también más aliento para algo tan fácil -y tan complicado- como dar cariño. El desconsuelo por tener hambre es terrible. Pero todavía lo es más no tener un hombro en el que llorar. <strong>Fue Séneca quien dijo “no hay mayor causa de llanto que no poder llorar”.</strong></p>
<p>Por todo ello, porque somos seres humanos con razones y sentimientos, tenemos la obligación moral de dar dos pasos paso hacia delante. Uno y dos. <strong>Por solidaridad y porque no está de más ponernos en la piel del que vive en la precariedad</strong>. Primero porque es justo y segundo porque, aunque suene a frase manida, nadie está libre de pecado. Usted y yo podemos ser los siguientes. Entonces, desarropados, desearíamos comprobar que hay alguien cuando miremos hacia atrás. Para darnos un plato de sopa caliente o sencillamente para darnos un abrazo y regalarnos una sonrisa.</p>
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		<title>Vainilla</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 07:33:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Vivimos en un mundo &#8216;prèt-a-porter&#8217;. Casi todo lo que hacemos y decimos responde a pautas que nos imponen desde arriba. Y no me refiero a nuestro señor que está en los cielos, sino a los otros señores, los que están en la planta de arriba y cuyo único aliento es el dinero. Cuanto más uniformadas sean nuestras existencias más engordan sus cuentas corrientes. Esta estandarización de casi todo -incluso de la política- tiene una perniciosa incidencia en la forma más primaria de captar las sensaciones. Vemos grises, oímos coches, tocamos teclados, gustamos agrio y olemos a colonias de 20 euros del supermercado. <strong>Y lo terrible es que esta cruel dictadura de los estereotipos nos está privando de experimentar cosas maravillosas</strong>. Hoy quiero centrarme en la anulación del sentido del olfato. Cierro los ojos y mis ensoñaciones siempre aluden a olores. A pan recién horneado en la tahona, a rosas amarillas de terciopelo, a vida&#8230; Los aromas siempre han formado parte de nuestros recuerdos. Forman parte de lo que somos. Yo no entiendo &#8216;Platero y yo&#8217; sin las esencias frescas de los pinares de Fuente Piña o sin los vahos de la tinta de aquel librito, editado por Austral, en que supe por primera vez del burrito Platero, “pequeño, peludo y suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”.</p>
<p>Hace unos años publiqué uno de esos reportajes que tanto se han puesto de moda ahora. Consiste en meterse en la piel de otro para narrar en primera persona las vivencias ajenas. Quedé con unos señores de la ONCE y les pedí que me enseñaran a valerme con los ojos tapados y con la sola guía de un bastón. El aprendizaje terminó con una prueba de fuego. Marcar un itinerario por las calles de Jaén y alcanzar entero la meta. Lo logré. Llegué al final tras cientos de traspiés, cuatro trompazos y arrollar a unos cuantos desventurados que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en mi camino. La cuestión es que el transcurso del amaestramiento me explicaron un caso que he visto oportuno recuperar. El de un invidente que había desarrollado la destreza de moverse de un extremo a otro de la ciudad con la única orientación de su nariz. Sabía que estaba en El Pósito porque olía a bacalao. O en La Carrera por el café recién molido de La Pilarica. O en Eduardo Arroyo por el queso añejo de la Taberna Pepón. <strong>Me hablaron también del pesar de este buen hombre porque ahora aquellos efluvios ya no le llegaban con la misma intensidad que antes</strong>. Porque ahora las pestilencias de la basura y la polución pervertían lo que antaño eran verdaderos perfumes.</p>
<p>Por eso reivindico el prodigioso universo de emociones que implica abrir la ventana y no oler a mierdas, pipises de perros y tubos de escape. Quiero saber qué me evoca la pradera de margaritas que hay enfrente de casa, la tierra mojada de las tardes grises y las fragancias avainilladas de la fábrica de galletas cuando el viento sopla desde la Loma. Reivindico mi derecho a disfrutar con los bálsamos de la naturaleza, puros, contundentes, singulares. Como el hocico de Platero olisqueaba las florecillas “rosas, celestes y gualdas”. <strong>Y como aspiro a que algún día mis hijas recuerden su niñez en un Jaén auténtico y que olía sencillamente a Jaén</strong>.</p>
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		<title>Yurinka con naranja</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Apr 2012 07:11:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los de mi quinta, hijos del &#8216;baby boom&#8217; y la crisis del petróleo, se reunieron hace unos días para festejar que decimos adiós a la treintena y galopamos hacia la cuarentena. Y lo hicieron como siempre se ha hecho, quedando en un bar y tomando copas como dios manda. Todavía no tengo noticias de como [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los de mi quinta, hijos del &#8216;baby boom&#8217; y la crisis del petróleo, se reunieron hace unos días para festejar que decimos adiós a la treintena y galopamos hacia la cuarentena. Y lo hicieron como siempre se ha hecho, quedando en un bar y tomando copas como dios manda. Todavía no tengo noticias de como terminó el festival, pero estoy completamente seguro que fue de forma gloriosa. La cuestión es que el alcohol siempre ha estado ahí. <strong>Lo que ha cambiado es la filosofía a la hora de pimplarse</strong>. Antes tomábamos cubatas como un medio. Y ahora los tomamos como un fin. Soy consciente de que el planteamiento es genérico y que habrá muchísimas excepciones a la regla, pero créanme que baso mis vacilaciones en horas de reflexión, experiencias personales y profesionales y sobre todo en el enriquecedor intercambio de opiniones con los compañeros becarios. A ellos les debo muchas lecciones de vida.</p>
<p>Creo que esto del &#8216;cocimiento&#8217; como fin es el mejor reflejo de una sociedad en la que todo se hace con demasiadas prisas. Los procesos se han acortado. Y esta celeridad tiene muchas consecuencias. Todas negativas ¿Una de ellas? Pues quedarse sin la enorme satisfacción de conseguir algo después de habérselo currado. Si llevamos toda esta literatura al terreno de las relaciones humanas, observamos que ligar, por ejemplo, ha dejado de ser un estimulante ejercicio de superación, además de un arte. Cuando yo era chaval, no hace tanto, rondar a una señorita conllevaba un plus de arrojo que requería, obviamente, perder la vergüenza. Y ahí es donde entraba en liza el &#8216;factor etílico&#8217;. <strong>Un par de tintorros de Modesto y un yurinka con naranja te aportaban ese punto de desinhibición imprescindible para iniciar la fase de acercamiento, la más complicada del cortejo</strong>. Una vez en el cuerpo a cuerpo, sólo ante el peligro, ya dependías de tu verbo (nunca conté con el activo del físico) y tu capacidad de seducción. Éste era (es) el aforístico &#8216;puntillo&#8217;, un estado de pedete lúcido que te empujaba a dar el primer paso y que luego, metidos en harina, te permitía invitarla a mirar las estrellas o recitarle al oído un poema de Neruda. En la inmensa mayoría de los casos fracasé de forma estrepitosa, pero yo nunca regresé a casa con la sensación de derrota. Y tan poco con ganas de regurgitar por acostarme calamocano. Bueno, siempre no.</p>
<p>Ahora nos trincamos los gin tonics como quien come pipas. Uno, y otro, y otro. Nos enmierdamos y nos ponemos pesados. Y hablamos de asuntos que son un coñazo (al menos los periodistas). Quizá tenga gran parte de culpa la música caca de vaca que se pincha en pubes y discotecas, sonidos enajenantes e insulsos que alimentan una pulsión irrefrenable a levantar el codo. <strong>Y lo que más me jode es que ya no declamamos a Neruda, tampoco observamos el firmamento (salvo cuando miccionamos en descampados) y desde luego no socializamos como dios manda</strong>. Ni en los cebollones de las tumultuosas fiestas primaverales, ni en garitos con carta de cócteles, ni tan siquiera en las verbenas de barrio, donde la cruzcampo se consume en metros cúbicos y el roce está garantizado gracias a esa sanísima costumbre llamada &#8216;Paquito el chocolatero&#8217;. Por eso quiero acabar hoy robándole nuevamente unos versos al bueno de don Pablo, quien también cantó al vino, elixir mágico y el mejor pretexto para las emociones. “Vino color de día, vino color de noche, vino con pies de púrpura o sangre de topacio, vino, estrellado hijo de la tierra vino, liso como la espada de oro, suave como un desbordado terciopelo”.</p>
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		<title>Los aberrunchos</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Feb 2012 08:20:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días, deambulando entre los angostos pasillos de internet, repasando textos marcados como &#8216;favoritos&#8217; en la memoria del pecé, me topé con un artículo de Francesc-Marc Álvaro, de La Vanguardia, con un título que me dejó un tanto azorado. &#8216;La década que nos dejó sin aliento&#8217;. Reflexiona Francesc-Marc sobre la actualidad desbocada de los diez primeros años del siglo XXI, desde el atentado hiperrealista de las Torres Gemelas a los efectos devastadores de una crisis que no entiende de indulgencias. Y lo hace desde el prisma de las emociones individuales y colectivas. “El bloqueo de las ilusiones”, resumía el periodista, “que también nos libera de ciertas congojas”. <strong>Y es que llevamos demasiado tiempo observando la cara más desabrida de la realidad</strong>. La del horror, la destrucción, el paro. No hay más que abrir el periódico o &#8216;enchufar&#8217; el telediario para comprobarlo. Y lo peor de todo es que esta &#8216;negatividad por sistema&#8217; nos está agriando el carácter. Nos hemos acostumbrado a vivir con la ingrata compañía de la tristeza.</p>
<p>Las cosas son como son. Sigue habiendo perturbados que se inmolan en las plazas públicas. Sigue habiendo terremotos que se llevan por delante miles de biografías. Y sigue habiendo cabrones que pinchan las ruedas de los coches y roban espejos retrovisores. Todo esto sucedía en 1999 y seguirá ocurriendo en 2012, en 2020 y si algún asteroide despistado no lo evita, es bastante probable que siga pasando de 2050 en adelante. El gran reto, ahora y siempre, es convivir con la incertidumbre, que no es moco de pavo, pero sin necesidad de acudir todas las mañanas al psicoterapeuta, retirarnos a las Seychelles o releer a Marcel Proust cuatro o cinco veces -con una va bien-. Es una meta complicada, qué duda cabe, pero factible con el apoyo de los demás. <strong>A veces basta con un simple abrazo. Un simple roce. Una simple caricia</strong>. Lo tengo clarísimo. Hacen falta almas candorosas dispuestas a arropar. Como el grupo de chicas que este sábado ofrecían apretones de balde a los que subían y bajaban por el Paseo de la Estación o como un señor llamado Aberroncho que, al parecer, despacha achuchones por doquier en un simpático programa de televisión.</p>
<p>El mundo necesita muchas chavalas como las del Paseo de la Estación y también muchos aberronchos. Y además los precisa rápido, de forma urgente. No hay más tiempo que perder, que ya llevamos 4,5 millones de años haciendo el bobo y amargándonos la existencia. No hace falta ninguna formación. Tampoco estudiar oposiciones. Basta <strong>con tener dos brazos -incluso con uno podría valer-, voluntad y un poco de generosidad</strong>, requisitos compartidos por la mayoría de los mortales. Y lo mejor de todo es que también hay un amplísimo mercado donde elegir. Millones y millones de seres taciturnos que viven con la palabra melancolía escrita en el rostro. Se les identifica fácilmente. Tan fácil como que a veces basta con mirarse al espejo y descubrirse a uno mismo. Hagan la prueba. Abracen y déjense abrazar. Posiblemente el espejo les devolverá entonces la imagen de una persona con una mirada distinta.</p>
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		<title>El duende tocapelotas</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Dec 2011 09:47:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Ocho de la mañana. El despertador, sátrapa y depravado, me recuerda que tengo el deber moral de levantarme a ‘una hora prudente’. A un lado de mi consciencia (con ese), todavía aletargada, el duendecillo canalla no se anda con vacilaciones: “¡Dónde vas tú un lunes festivo a estas horas, tonto del haba!”. Mi conciencia (con ene), también adormecida, evita el conflicto. Media vuelta, posición decúbito supino y a sobar toca. Pero como siempre sucede en las historias de geniecillos, a los pocos segundos, al otro lado de la mi consciencia (con ese), toma la palabra el gnomo sensato, que tampoco se anda con perífrasis. “Anda, Jorge, que tu país te necesita, menea el culito”. Y mi conciencia (con ene), sensibilizada al extremo ante mensajes tan hondos, no duda en hacerle caso. Un trepidante periplo de milésimas de segundo entre el mundo onírico, siempre mágico y misterioso, y la realidad, menos prosaica y amable. <strong>Y ahí estoy yo. En batín, con las manos en los bolsillos, delante del espejo, mirándome de arriba abajo, pasmado, dispuesto a darlo todo por la patria</strong>.</p>
<p>Y es que los mensajes calamitosos sobre el devenir de la economía han calado tan profundo que, al igual que dijo Kennedy en su día, muchos hemos interiorizado a empellones aquello de “no te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”.<strong> Tanto es así que hasta los elfos ya no conminan los despertares con la sutileza de antes. Ahora te pellizcan los huevos y te gritan al oído. “¡Vamos capullo, que mientras que tú estás ahí, roncando, la inflación ha subido un 4 por ciento, el paro un 20 por ciento y la prima de riesgo, un 60 por ciento!”</strong>. Es entonces, justo en ese momento, cuando te sientes el ser más ruin y despiadado del planeta y te levantas del lecho con la pulsión de que tienes que hacer algo, vestirte rápido, ‘beberte’ el desayuno y salir de casa dispuesto a lo que sea. A ayudar a la ancianita a cruzar la calle, a limpiar mierdas de perro, a rezar cuatro padres nuestros para que los cuatro jinetes del Apocalipsis no se lleven por delante lo poco que nos queda.</p>
<p>No sé si compartirán conmigo esta percepción, pero en este viaje emocional a lomos de la crisis hemos llegado a uno de los puntos más peligrosos. El de creernos que usted y yo somos los culpables de que el mundo se vaya por el retrete. “Ustedes que pidieron créditos y se los concedieron para pagar pisos a 3.000 euros el metro cuadrado, ustedes que no escatimaron en televisiones de plasma para ver el Mundial de Sudáfrica, ustedes que se dedicaron a chingar y tener hijos porque después les darían 2.000 euros… ustedes son los responsables”, insiste machaconamente el duende cabrón. Y lo peor de todo, ya les digo, es que este mensaje envenenado (e interesado) ha calado. Y qué quieren que les diga, me parece peligrosísimo. <strong>Acomplejar al prójimo es el método más eficaz para meterle la mano en el bolsillo, quitarle todo lo que tiene y encima estar agradecido</strong>. Yo no tengo que pedir perdón a nadie. Y si me permiten la licencia, creo que ustedes tampoco.</p>
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		<title>Una noche sin ti</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Dec 2011 00:10:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorgepastor2000</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Decía ZP que la crisis es un estado de ánimo. Los acontecimientos posteriores demostraron que era una putada. A pesar de ello, sí pienso que la desdicha se lleva mejor si alimentamos el espíritu con buenos recuerdos, por ejemplo. Y no os podéis imaginar cuantos buenos recuerdos me trae <a href="http://www.goear.com/listen/c1d30c2/una-noche-sin-ti-burning" rel="external nofollow">esta canción de los Burning</a> que hoy quiero compartir con vosotros. Cierra los ojos, dale caña al transistor y disfruta.</p>
<p>Feliz fin de semana a todos.</p>
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