{"id":509,"date":"2012-12-11T09:31:39","date_gmt":"2012-12-11T08:31:39","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.ideal.es\/jaeneconomia\/?p=509"},"modified":"2012-12-11T09:31:39","modified_gmt":"2012-12-11T08:31:39","slug":"el-abuelo-que-siempre-miraba-al-frente","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.ideal.es\/jaeneconomia\/2012\/12\/11\/el-abuelo-que-siempre-miraba-al-frente\/","title":{"rendered":"El abuelo que siempre miraba al frente"},"content":{"rendered":"<p>Me gusta caminar. Me lo pide el cuerpo, pero sobre todo la mente. Quemamos calor\u00edas y movemos el esqueleto sin darnos cuenta. Pero ya les digo que para m\u00ed supone, sobre todo, un alivio mental, una v\u00eda de escape para las tensiones, para sanar las heridas infringidas por la inmersi\u00f3n diaria en una realidad fagocitante y muchas veces desalmada. En estas caminatas, que normalmente coinciden con el trayecto de ida y vuelta entre casa y el curro, aprovecho para abrir los sentidos de par en par. Oigo, escucho, huelo, pero sobre todo veo. Veo a la gente.<strong> Y en estos paseos coincido siempre con un se\u00f1or mayor, calculo que brincando los ochenta, que me tiene absolutamente fascinado<\/strong>. Siempre vestido con chaqueta y corbata. Sombrero aboinado con visera. Sentado en el mismo banco. Erguido. Gafas de pasta. Mano izquierda apoyada sobre un bast\u00f3n de madera con empu\u00f1adura dorada. Siempre mirando al frente. Tranquilo. Sereno. Impert\u00e9rrito.<\/p>\n<p>Nunca he hablado con \u00e9l. Y creo que nunca lo har\u00e9. Prefiero imaginarme su vida y sus pensamientos antes que conocerlo. Me lo imagino at\u00f3nito por &#8216;esta juventud&#8217;, asida al m\u00f3vil como el prende su arrimo, alelada por la pantalla y vasalla del teclado. Perplejo por el gesto moh\u00edno de todos los que pasan por delante de \u00e9l todas las ma\u00f1anas, incluido posiblemente el m\u00edo. <strong>A \u00e9l le van a hablar de crisis y fatigas<\/strong>. A \u00e9l que sufri\u00f3 las penurias de la postguerra y el quebranto de acostarse con el est\u00f3mago yermo. Me lo imagino preocupado por el destino de esos inmigrantes que, ateridos por la frigidez del albergue, deambulan desvanecidos como \u00e9l lo hizo cuarenta a\u00f1os atr\u00e1s por las calles de Dusseldorf o Dresde, buscando el jornal. Buscando el Dorado del Norte. Me lo imagino flem\u00e1tico ante la pesadumbre de quienes justiprecian el presente como el principio del fin. Pero sobre todo me lo imagino indignado -profundamente indignado- con una sociedad que arrincona la sapiencia de quienes han escrito una biograf\u00eda a base de superar infortunios y fatalidades. De quienes acopian el tesoro de haberlo vivido casi todo.<\/p>\n<p><strong>Somos as\u00ed de est\u00fapidos. Hace mucho tiempo que cometimos el grav\u00edsimo error de soslayar a los mayores<\/strong>. De ignorarlos. De no escucharlos. Y as\u00ed nos est\u00e1 yendo. Buscamos complejos y costosos remedios a problemas que los abuelos han padecido y resuelto con \u00e9xito. Ellos, que se han convertido en piezas clave de ese cuento chino llamado &#8216;conciliaci\u00f3n&#8217;, que sustentan con su pensi\u00f3n los peculios de miles y miles de hogares, que est\u00e1n dispuestos siempre a darlo todo a cambio de nada, son postergados de manera canalla en cualquier banco de cualquier plaza de cualquier ciudad. No s\u00e9 si la crisis es un estado de \u00e1nimo. Pero s\u00ed tengo claro que la salida a la crisis pasa por recuperar el sentido com\u00fan y el valor de las personas. Y sobre todo el valor de la experiencia.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me gusta caminar. Me lo pide el cuerpo, pero sobre todo la mente. Quemamos calor\u00edas y movemos el esqueleto sin darnos cuenta. 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