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Quico Chirino Núñez

Rumore Rumore

Qué calor

El minibús olía a tigre; y es más un lamento que una protesta higiénica, que yo también habré aportado mi dosis felina al ambiente. La próxima vez que tenga que subir al Albaicín en una de estas pequeñas máquinas me llevo el ventilador que me regaló Victoria, aunque tenga que enchufármelo en aquella noble parte donde a Rafa López le ha nacido una flor. Los minibuses no han conectado todavía el aire acondicionado, ese soplo de hielo mecánico que humaniza a las personas cuando el termómetro supera los treinta grados, hace un calor del carajo de la vela y las glándulas sudoríferas hacen puenting en el sobaco, en el propio y el ajeno. En el autobús urbano nos encontramos toda la fauna que no disponemos de coche oficial, los tigres de esta ciudad de ‘cuestas arriba’ y de suelas gastadas. El viaje en el minibús del Albaicín me hizo recordar mi pasado en las atracciones de feria, cuando en un alarde de valentía -uno de los pocos que he tenido en mi vida- me solté de pies y de manos en la alfombra mágica, hasta que en un reprix recobró el vuelo y acabé dando bandazos como un superman cateto de pueblo con los calzoncillos por encima de los pantalones. Yo es que siempre he sido muy cobarde. Tanto, que hasta le he cogido miedo al autobús urbano.

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mayo 2006
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