Ha inaugurado IDEAL la sección de La Picota, donde salen los políticos que hablan mucho por el móvil, el espejo roto de este Ayuntamiento hedonista que se mira a ratos el ombligo, los baches de un gobierno municipal, que son un campo de minas para el socialismo aletargado, las luces fundidas del ingenio de los concejales grises… un ‘picotazo’ en la conciencia de quienes les importa un pijo lo que ocurra en la otra acera. Siempre se ha dicho que ésta es en realidad la verdadera política, la de la farola rota de la esquina. Ante La Picota impertinente de los juntaletras caben dos alternativas: echar balones fuera y culpar a otros de los destrozos de la vía pública o reparar los desperfectos, sea de quien sea la competencia, que para eso se cobra.
Desgraciadamente, hay más de los primeros que de los segundos. Juan Antonio Mérida ha sido el primer concejal en arreglar el lunar negro de su gestión: en un sólo día retiró la hornilla de Haza Grande. Medalla de oro para el coordinador de campaña, el que reparte ceniceros y bolsas de cartón para las cáscara de las pipas, que por mucho menos a Tita Cervera se le entrevista en El Tomate y se le eleva a garante de la cosa verde.
Lo que pasa es que Mérida es un pelota, un blandengue que se baja los pantalones el primer día, que empieza a temblar ante los palillos chinos de unos plumillas fantasmones que se creen que han inventado la pólvora. Yo haría como otros, pasar un kilo de los periódicos y si alguien me echa en cara que el banco del Salón está descuartizado dejar que la lluvia del otoño pudra sus maderas. Mientras tanto, para desviar la atención, cambiaría de color las flores de Gran Vía. ¡A ver quién se cansa antes! Aunque cuando lleguen las elecciones me cuelguen la foto de mi jeta con una leyenda encima: ‘365 sin resolver el problema’. A mi plin. Que salir en La Picota no significa que me esté tocando los cataplines.