Ni los botelloneros más exaltados, ni el ímpetu de la fiesta de la primavera, ni una tribu de adolescentes calientes… nada me ha dado tanto por saco ni ha atracado sin anestesia mi descanso como las máquinas de García-Royo, en marcha al amanecer. Fue a las seis de la mañana -seis-, para ser más precisos, unos dígitos que no sabía que existieran en mi perezoso despertador. Igual que se creó un botellódromo para los niñatos pelambreras, tendría que habilitarse el maquinódromo, donde los chicos de Nino se fueran de madrugada a hacer agujeros, zanjas y boquetes para darle rienda suelta al martillo pilón y a la excavadora. Ahora quiero ver yo a la asociación Contra el Ruido y a los vecinos de poltrona y caldito de puchero a las 21.30. Ahora es cuando quiero comprobar que ponen el grito en el cielo porque las máquinas del Ayuntamiento no les dejan conciliar el sueño. Que venga también Mérida, el concejal de los ceniceros y las cáscaras de pipas, a realizar un ejercicio práctico de su observatorio sobre el ruido en mi dormitorio. Pero la culpa es del botellón. Y cuando las palas perturben la noche en la que soñaba a pierna suelta, me resignaré y las sufriré en silencio, como las almorranas. Qué harto estoy.