A los políticos les gusta confrontar -yo confronto, tú confrontas, nosotros confrontamos-, aunque me juego mi voto en blanco a que ninguno conocía hace algún tiempo la existencia de esta palabra, tediosa y fea; lo mismo que licitar, verbo que todos emplean con ligereza sin tener ni puñetera idea de lo que significa, como si el vecino común tuviera que manejar con soltura este palabrejo. Hagan la prueba. Vayan al supermercado y diríjanse a la dependienta de la charcutería como lo haría un alto cargo: “Licítame cuarto y mitad de mortadela con aceitunas que voy a poner en valor este pan campero”. Le llaman confrontar cuando, en realidad, se trata de pollardear, verbo castizo y a la altura de todos los mortales. -Yo pollardeo con la estación del AVE, tu pollardeas con el metro, el pollardea con la muralla, todos pollardeamos-. Por eso propongo que los políticos innoven un poco en sus estrategias conflictivas para que el personal no se aburra. Por ejemplo: el miércoles, cuando se hicieron con Chaves esa foto semievangélica del metro, la consejera de Obras Públicas tendría que haberse vuelto sibilinamente hacia el alcalde, y sin que nadie se diera cuenta, haberle soplado al oído “ya te puedes ir olvidando de la estación intermodal, que no la vas a ver ni en pintura”. En ese momento, Pepe Torres se volvería a lo Zidan y le soltaría un cabezazo a la consejera de tomo y lomo. Chaves podría comentar lo que le dijo El Perejil al compadre después de chocarse fortuitamente en el bar: “Quillo, ten cuidao, que como me des otra vez con esa cabessa me van a tener que untar el Viva Porú en el pechito con una fregona”.