Ahí te dejo, Granada, con las pirañas de siempre, con los tormentos eternos; esperando el auto del fiscal sobre el Parque Nevada, la enésima reunión para desviar el Beiro, un río sempiterno en las trifulcas estériles aunque esté medio seco. Beiro de mis amores, que ni los patos te quieren, que te sucede lo mismo que le ocurrió en su día a Javier Arenas, que no sabes si desviarte hacia la derecha o hacia la izquierda, para ver pasar los trenes y acabar subiendote en el primero que cruce.
Ahí te quedas Granada, que me voy de vacaciones a un lugar donde no se escuchen las máquinas de Nino y pueda dormir hasta las doce del mediodía, que es lo que a mí me gusta, tocarme la pirindola en el sofá mientras de fondo se escuchan las sirenas del tour de Francia; que hay sirenas más poéticas pero menos efectivas para practicar el noble ejercicio de la siesta.
Ahí te quedas Granada, sin música y sin fiesta, que ya terminó el festival, escuchando las mismas tonterías de siempre, que nunca te hartas. Esperando que los políticos se pongan por fin de acuerdo para no perder el último tranvía.