Hoy se ha manifestado públicamente el socio número dos del club de fans de Conchi Molina: Miguel Martín Romero, rumoreadicto empedernido, aspecto retraído y lengua afilada, que me avanza que cualquier día entra en este blog semiclandestino y alimenta la cizaña. Desde aquí le pedimos una colaboración especial cuando alcancemos el ‘rumor’ número cien, que ya estamos a punto. He leído el artículo de la eurodiputada Paca Pleguezuelos criticando a Balderas y me sumo con los ojos tapados. Balderas, ya se cumplen dos días desde que me pusiste la multa y cada vez que voy a aparcar se me ponen los testículos en doble fila. Por cierto, nos dice Purita en un comentario que ella también quiere que le quites la suya, y desde aquí lo elevamos a reclamación im-pertinente, para que lo sepa nuestra Conchi, Robin Hood de los conductores agraviados.
Hoy se ha celebrado el pleno del botellón, donde hemos visto a un Chema Rueda más áspero que nunca. El pleno no ha servido de nada, pero eso lo contaré mañana en IDEAL. El debate del botellón no es nuevo. He recuperado un artículo del 11 de enero de 1995, firmado por mi compañero José Antonio Guerrero, en el que Rueda, entonces responsable del área de Cultura en la ejecutiva socialista, proponía la creación de un ‘rockódromo’ y un ‘rockservatorio’ a las afueras de la ciudad. Se trataba de un espacio en el que se pudieran celebrar conciertos, exposiciones, congresos e incluso bodas. Una idea similar -cuenta Guerrero- fue propuesta en 1983 por la entonces concejala de Cultura, la socialista María Dolores García Cotarelo. El ‘rockódromo’ ya existía en el 95 en Madrid, con un ‘rockservatorio’ donde daban clase miembros de los grupos Barón Rojo, Obús y Ñu. Nada nuevo bajo el sol ni las praderas etílicas de la Vega.