Personalmente estoy totalmente de acuerdo en que los aceites que se ofrecen en los restaurantes tengan identidad propia. Ya lo escribía espléndidamente el maestro periodista José María Guadalupe hace unos días en las páginas de IDEAL. Esta normativa, que ha sido rechaza en el resto de la Unión Europea es buena para los que ya entendían que el aceite, como a los vinos hay que distinguirlos, pues todos no son iguales, identificarlos y sobre todo ponerles la fecha de la cosecha. Si, a leído bien. No la de consumo preferente, que es obligatoria. Hay que poner además en la etiqueta más cosas fundamentales: nombre de la fabrica de aceite o almazara (que suena más gastronómico), el pueblo de origen, D. O. si pertenecen a alguna (no es obligatorio) y el tipo de aceituna que esta molturada y envasada. Y no se molesten en poner los de la acidez del aceite. Pues ese parámetro no se puede distinguir palatal ni olfativamente. Y lo único es que despista al consumidor. Desde su inicio, formo parte del profesorado del único curso que se imparte para la formación y análisis organoléptico en la Universidad de Jaén, donde acuden alumnos de todo el mundo. Y siempre hemos analizado el gran desconocimiento que tiene el público a la hora de saber distinguir, y por tanto escoger un tipo de aceite. También es verdad que el restaurante que no quiera, siempre andará rellenando (con cuidado para no manchar mucho la etiqueta) las botellitas “irrellenables”.